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China ha cerrado 2025 con el crecimiento del 5% que Pekín se planteó como una señal de estabilidad en un año de presiones internas y cambios geopolíticos. El dato, por sí solo, no cuenta toda la historia: importa el “cuánto” y el “de dónde”, porque el país está intentando sostener el ritmo mientras desplaza el centro de gravedad desde la construcción hacia la industria avanzada y un sector servicios más dinámico.

Qué hay detrás del dato

En un análisis macroeconómico, el 5% funciona como una bisagra: confirma que la economía no se ha quedado sin tracción, pero obliga a mirar el motor con lupa. Según la Oficina Nacional de Estadística del gobierno chinio, el PIB de 2025 alcanzó los 140,187.9 miles de millones de yuanes y creció un 5% a precios constantes; por sectores, el primario avanzó un 3,9%, el secundario un 4,5% y el terciario un 5,4%.

Ese reparto es relevante por dos razones. La primera es social: un sector terciario más fuerte suele traducirse en más empleo urbano y más servicios consumidos por los hogares, fundamental para que la demanda interna gane peso. La segunda es estructural: el mismo informe destaca que la fabricación de equipos y la manufactura de alta tecnología crecieron por encima del promedio industrial, una pista de que la industria está cambiando de calidad.

La foto de 2025 dialoga con la de 2024. Ese año, el PIB creció también un 5%, con un secundario en el 5,3% y un terciario al 5%. La comparación sugiere una transición gradual: por mucho que se repita el número, el crecimiento cambia su inclinación hacia los servicios y los segmentos industriales más sofisticados, mientras el inmobiliario sigue en ajuste.

Desde el exterior, el FMI insiste en que el reto está en que el consumo y los servicios sostengan el ciclo, más allá incluso de alcanzar el objetivo anual. Esto debería reducir la vulnerabilidad vinculadas a la vivienda y las finanzas locales. Su diagnóstico público combina resiliencia con tareas pendientes: elevar la confianza, fortalecer ingresos y acelerar reformas que permitan una demanda interna más consistente.

Del ladrillo a la fábrica inteligente,

La gran apuesta de China en su economía está siendo el reequilibrio hacia la industria avanzada. En 2025, la producción industrial de las empresas subió un 5,9%, pero lo decisivo está en el diferencial: equipos y alta tecnología (+9,2% y +9,4%, respectivamente) crecieron claramente por encima del promedio. En una economía de escala como la china, esos puntos extra importan ya que orientan la inversión, el empleo cualificado y las cadenas de proveedores.

También importan los “termómetros” de modernización. En 2025, la producción de dispositivos de impresión 3D creció un 52,5%, la de robots industriales un 28,0% y la de vehículos de nueva energía un 25,1%. Esto no quiere decir que el tejido productivo ya esté ahí, pero sí que son los sectores que van a concentrar la expansión, el aprendizaje y el capital.

La inversión confirma la rotación hacia estos sectores, pero con fricciones. En 2024, la inversión en manufactura subió un 9,2% mientras la inversión inmobiliaria cayó un 10,6%; dentro de la alta tecnología, la inversión subió un 8,0%, con un 7,0% en manufactura high-tech y un 10,2% en servicios high-tech. El mensaje es claro: la economía china está abandonando el suelo y el ladrillo y apostando por equipos, software e infraestructura de innovación.

El reto es que la “subida de calidad” no derive en sobrecapacidad ni en guerras de precios que deterioren los márgenes. De acuerdo con Reuters, el estado ha dado directrices para ampliar el apoyo financiero a la manufactura avanzada, buscando crédito de medio y largo plazo y una mejor conexión entre la política industrial y el sistema financiero.

Servicios, consumo y el factor financiero del ciclo

Si la industria avanzada es el pilar de la oferta, los servicios son el pilar social: empleo, ingresos y consumo. En 2025, el terciario creció un 5,4% y, dentro de él, la información, software y TI avanzaron un 11,1% y el bloque de alquiler y servicios empresariales un 10,3%; transporte (5,2%), comercio (5%) y hostelería (4,9%) mantuvieron el crecimiento. Además, las ventas minoristas totales subieron un 3,7% y la “venta minorista de servicios” creció un 5,5%.

La política económica intenta acelerar ese cambio sin tener que depender de estímulos puntuales. A finales de enero de 2026, el Gobierno difundió un plan para potenciar el consumo de servicios: turismo, cuidados a mayores con apoyo tecnológico, eventos deportivos y nuevos modelos de negocio basados en la experiencia. Reuters también señala medidas financieras para facilitar crédito y emisiones de bonos en sectores elegibles, con el objetivo de reforzar la demanda interna.

Aquí también aparece el impacto de los tipos de interés reales. Con inflación muy baja y precios industriales en descenso, una rebaja nominal no puede traducirse en condiciones “baratas”: el FMI apunta que los tipos reales se mantuvieron altos, empujados por la caída de la inflación. Así, si los precios no suben, el coste real de endeudarse pesa más.

Ese mecanismo presiona a la vez a hogares, empresas y administraciones: incentiva el ahorro precautorio, enfría la inversión privada y encarece el servicio de deuda en sectores apalancados. En el mismo informe, el FMI recoge que las autoridades atribuyen unos tipos reales “actualmente altos” a la baja inflación, y que su expectativa era que este efecto se moderase cuando la inflación repuntara. La transición se complica porque el ajuste del ladrillo sigue drenando inversión y confianza: en 2025, la inversión en promoción inmobiliaria cayó un 17,2% y la inversión total en activos fijos retrocedió un 3,8%, mientras la inversión privada bajó un 6,4%. En este contexto, la velocidad a la que se normalice el precio real del dinero condicionará cuánto tiran el consumo y los servicios, y cuánto depende el ciclo de la industria exportadora.

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